viernes 6 de enero de 2012

CRUCERO DE MUERTE

Comenzando diciembre del setenta y nueve, terminaba mis estudios de bachillerato en el INEM de Barranquilla. Mis padres decidieron darme como premio por mi esfuerzo, embarcarme en un crucero por el Caribe. Yo había soñado siempre con ese viaje y era una oportunidad grande para conocer una parte del mundo. Eran muchos los países con los que había soñado cuando era un adolescente.
Como apenas contaba con diecinueve años, partí con Leonid, un primo de treinta años que había terminado sus estudios de derecho en la Universidad Nacional. Llegamos a Cartagena dos días antes de la partida y visitamos varios sitios de interés que no habíamos conocido antes.
Abordamos el ciudad de Muzo, el barco en el que contamos con la suerte de encontrar un camarota para dos personas en el primer nivel. Partimos a las cuatro de la tarde, dejando nuestra mirada en Cartagena y sus monumentos. El viento soplaba fuerte y el mar era una gigantesca lámina de metal que llegaba hasta el infinito como la más bella policromía de la naturaleza. Era la primera vez que veía un fenómeno natural como ése. Sobre la cubierta había personas que miraban el mar con indiferencia, otros conversaban y reían felizmente.
Mi primo, un poco más comunicativo que yo, habló dificultosamente con una dama. Más adelante me contó que se trataba de una inglesa.
La noche llegó rápidamente. Como en el camarote no hablábamos cosas interesantes, decidimos ir al restaurante. Todo el mundo estaba contento, nosotros aburridos. Nos sentamos y comimos alimentos colombianos. La dama inglesa llegó y habló bastante con Leonid mientras yo me tomaba las primeras cervezas de mi vida. Un poco más tarde, los tres entramos a la discoteca. Mis camaradas bailaban y bebían, mas yo continuaba con mi cerveza que, esta vez, me la había dado envuelta en una servilleta, parecía una novia. Las luces rojas, verdes y amarillas, la cerveza tomada rápidamente y el no hablar con alguien, terminaron por embriagarme. A las once de la noche nos encaminamos al camarote, la dama inglesa al suyo. Me acosté con pantalón, camisa y zapatos. Me dormí inmediatamente. Un ruido como producido por cien lobos en mitad de un cementerio me despertó a las tres de la mañana. Encendí luces y el ruido cesó. Mi primo estaba arrodillado penetrando a la inglesa que estaba en posición de gatita juguetona. Apagué las luces y me hice el loco. La embriaguez se marchó rápidamente y me acosté de nuevo. Cuando estaba a punto de conciliar el sueño, los lobos comenzaron a aullar de nuevo. No encendí las luces. La sesión continuó, pero el sueño pudo más. Dormimos hasta las diez y media de la mañana. A las once tomamos el desayuno en el camarote mientras nos reíamos de los lobos nocturnos.
Durante el día no se veía más que la línea perfecta del mar en el horizonte. Visitamos los dos niveles del Ciudad de Muzo y pude conocer muchas cosas raras. Lo que más me llamó la atención fue la comprobación de que sí existía la famosa máquina múltiple que servía para planchar corbatas, sacar piojos, pegar botones y bajar la fiebre.
Los días pasaban y las cosas seguían igual. Durante el día se veía el mar y durante la noche era la fiesta. Tomábamos güisqui y otros licores extranjeros. Bailábamos con señoras de inmensas caderas, jugábamos cartas y hasta usamos la máquina múltiple (más que todo mi primo, la usaba para los piojos). Comíamos toda clase de mariscos. También conocí a una barranquillera con la que logré simpatizar.
Viví momentos divertidos. Por ejemplo, cuando entrábamos al camarote, uno debía entrar con luces encendidas, el segundo con luces apagadas. Cuando me correspondía el segundo turno no había problemas. Lo feo era cuando entraba primero, realmente no quería oír la serenata de los lobos. Un día le dije a mi primo que le hiciera una llamada a San Francisco de Asís para que se la tranquilizara. Ella no hablaba español.
El sexto día llegamos a Puerto Príncipe. Eran las dos de la tarde y el calor era infernal. Tomamos las llaves y salimos bajamos a conocer la ciudad. Compramos algunos útiles de aseo personal en algunos supermercados y conocimos algunos sitios de interés histórico. Partimos al tercer día.
El Ciudad de Muzo salió a las cuatro de la tarde de Puerto Príncipe. Algunas personas se quedaron, otras siguieron, otras embarcaron. En esa oportunidad tomé la iniciativa con las mujeres, pues la barranquillera y la inglesa se habían quedado. Comencé por hablar con dos mujeres cuyo camarote les tocó al lado del nuestro: una francesa y una haitiana. La francesa tenía un aire de norteamericana: ojos verdes, boca pequeña y rosada, cabellos rubios. No era muy alta. Debía tener unos treinta y cinco años y se podía ver en el espejo de sus ojos la ilusión de vivir al lado del amor. La haitiana tenía como veinticinco años, era una hermosa negra con nalgas descomunales y con tetas bien duras. La primera noche tomamos algunas copas, cenamos. Leonid hablaba con la haitiana sin dejar de mirar su forma escultural. Yo hablaba con Nathalie con cierto estilo romántico, aunque ése no era mi carácter; era su mirada la que invitaba a ser romántico. Finalmente ocupamos nuestras respectivas cabinas.
Nathalie y yo tomamos algunas copas de vino la segunda noche sin llegar a embriagarnos. Inventamos una de las más bellas noches de amor en la cocina del Ciudad de Muzo sin ser vistos por persona alguna. Comimos de todo cuanto vimos. Entramos al camarote de ella y dormimos hasta el amanecer. Mi primo, por su parte, durmió con la negra en el camarote nuestro. Esta estrategia la utilizamos los días siguientes.
Seis días después llegamos a Miami. Allí permanecimos tres días. Conocimos sitios de diversión. La playa era magnífica. Pude comprobar que esas playas no tenían una diferencia significativa con relación a las playas de Santa Marta o Cartagena.
Como siempre, el barco partió a las cuatro de la tarde. Tres días después bordeamos la isla de Fidel Castro Ruz. Esperamos tres días para llegar a Kingston. En Jamaica mi primo cambió de mujer porque la haitiana se quedó. Conoció a una bella brasilera que viajaba con una hermana. Yo seguí con Nathalie.
Una de las noches cuando entraba con Nathalie a la cocina, sucedió algo inesperado. Encontramos muchísimos lingotes de oro azul. Ante esta extraña circunstancia decidimos regresar al camarote y comentar discretamente lo sucedido. Esa noche no pudimos dormir pensando en lo que habíamos visto. Pero al final acordamos que no nos ocuparíamos de explicaciones sobre asuntos sobre los que no estábamos involucrados y que, en adelante, solo disfrutaríamos del viaje. Licor, noche, amor, placer.
Las vacaciones ya estaban para terminar. Una de esas noches de la última fase entré con Nathalie al camarote donde yo dormía antes con mi primo. Creo que en la vida no he tenido un concierto amoroso más hermoso. La música marina, el silencio y la oscuridad fueron los más bellos cómplices. A las dos de la mañana fuimos despertados por un olor terrible y bien concentrado en todo el ambiente. Buscando la causa del perfume, pude descubrir que se trataba de los pies de la brasilera. Salimos inmediatamente del camarote, pero antes le grité a mi primo que le derramara una botella de güisqui en las patas para que se le quitara la maldita pecueca.
Al amanecer debíamos llegar a Cartagena. Era la última noche con Nathalie. Tomamos mucho y dormimos profundamente.
Desperté a las cuatro de la mañana. Me encontraba sobre dos cadáveres en la cubierta. Mi primo y la brasilera estaban a mi lado. Nathalie, muerta. Había sangre por todas partes. Me levanté. El Ciudad de Muzo estaba en Cartagena. No había una sola persona en su interior. Salimos de inmediato sin mirar atrás.
Durante la noche viendo televisión en casa de mis padres, el periodista decía: “Los traficantes de oro azul”... No pude escuchar la noticia; se interrumpió la energía eléctrica. Ahora estoy detrás de esta reja. No sé por qué. Lo jueces no me han dicho ni me han preguntado nada.

lunes 5 de diciembre de 2011

Todo bien, todo normal.

Cada mañana me despierto con unos deseos inmensos de pagar todas mis deudas. Me dispongo a trabajar, a conseguir los medios, y, al final de la jornada, tengo más deudas, más culebras y menos recursos.
Ayer en la mañana cuando me levanté le pisé la cola al gato de la vecina. Me quedé más de una hora en la casa esperando que el gato regresara para escupirlo, porque la gente dice que si uno no escupe al gato, le viene la saladera a uno. Yo no sé si sea verdad, pero yo lo escupí para evitar la saladera, aunque lo escupí en el lomo y no en la barriga como dice la gente que debe ser.
Cuando yo iba saliendo de la casa, cortaron la luz. Yo no le dije nada al tipo que la cortó porque ya había venido varias veces y ya no tenía trampa para inventarle. Lo miré y me hice como quien no vivía en esa casa. Cuando regresé habían cortado el agua también. Tuve que ir donde la vecina a pedirle un poquito de agua para cocinar, pero la vecina me la vendió. Ella estaba almorzando y me dieron ganas de pedirle un pedazo de la carne que estaba comiendo para dársela a mi hija, pero me aguanté. Uno no debe pelar el cobre así de fácil. Cocinamos en un fogón que hicimos en el patio con tres piedras porque no teníamos carbón, ni gas, ni plata. Los plátanos verdes que antes había odiado tanto, quedaron deliciosos.
Volví a salir para ver qué conseguía para la cena. Las cosas no me salieron muy bien. Me robé, aunque no soy ladrón, un queso y un bollo de yuca en una tienda. La gente me gritaba en la calle, pero ese día con ese queso en el hombro, yo me hubiera pasado a Lucho Herrera bajando Covadonga. Con eso regresé a casa.
En la noche cambiaron las cosas. La hijita de la vecina entró con dos aretes grandes de oro. Llamé a la niña y, sin que mi mujer se diera cuenta, le quité un arete y me lo eché a la cartera. Así no desperté sospechas porque la vecina comenzó a buscar el arete pensando que la hija lo había botado en la calle. Después vino a mi casa y yo le dije que no había visto a la niña en todo el día.
Hoy me levanté temprano y muy contento. Cuando puse los pies en el suelo volví a pisar el gato de mi querida vecina por el rabo. No le presté mucha atención y salí para la plaza. En la prendería me acordé del gato en el momento que me pagaban el arete. Cuando iba saliendo, un amigo de infancia me saludó gritándome desde la ventanilla del bus: “¡Hola, rabo’e vaca!”. Pensé que me iba a decir rabo’e gato.
Regresé a casa con la intención de escupir al gato en la barriga, pero me encontré con la noticia de que al gato la había matado un bus. ¡Qué cosa tan rara! ¿Un bus había matado al gato? ¡Un bus! ¡Un bus había matado al gato y yo no lo había escupido en la barriga! ¡Qué cosa tan rara! Yo nunca en la vida había visto que un gato se dejara atropellar de un bus. Ese gato era un mongolo. Bueno... Llegué a casa esperando que mi mujer me diera una noticia desagradable, pero todo estaba bien.
Desayunamos bien, aunque en cada bocado yo me acordaba del gato. Siempre que pasamos un rato contentos, yo me preparo porque sé que viene otro bien amargo; y varias veces han sido mementos desgraciados. Hoy yo esperaba con seguridad porque el caso del gato me lo anunciaba con certeza. El día pasó sin nada anormal, todo bien.
Yo seguí esperando. Me imaginaba que me iban a desalojar de la casa porque ya tenía como nueve meses que no pagaba arriendo. Se me ocurrió la idea de invitar a mi mujer a caminar el parque con la niña. A ella se le hizo extraño que siendo miércoles, a las dos de la tarde, yo la invitara a caminar por el parque con la niña. No le comenté mi presentimiento. Caminamos en medio del calor reinante. Conversamos de todo un poco y esperamos que fueran como las cuatro de la tarde. Decidimos regresar. Mi mujer estaba muy contenta y mi hija feliz, dando saltos por la calle. Yo venía pensando que nos encontraríamos con la policía en la puerta de la casa. Dimos una vuelta a la manzana que estaba frente al parque. Me acordé del gato y entonces sí que estaba bien seguro de lo que iba a pasar. Sería una vergüenza grande cuando llegara la policía a hacer el desalojo y a sacar las cosas de la casa porque qué iban a sacar si ya no teníamos nada, todo lo habíamos vendido. Mi mujer comenzó a preocuparse y a preguntarme qué pasaba. No le expliqué claramente, pues a ella le bastaba cualquier explicación. Llegamos a casa y todo estaba bien, todo normal.

martes 15 de noviembre de 2011

Para terminarles el cuento

Dicen que lo mataron a traición. Yo no sé a ciencia cierta cómo pasaron las cosas. Cuando supe de su muerte, yo estaba jugando dominó. La hija mía, que se casa mañana con el hijo de un carnicero que es buena gente, me contó la historia. No he dejado de preguntar por este caso que me ha parecido bien extraño.
Lo conocí en una cantina, un día que me lo presentó el compadre. Recuerdo bien que Los Prisioneros, desde una vieja grabadora, gritaban: “Únete al baile de los que sobran”... Fue en ese momento que se levantó y saltó con su cerveza en la mano gritando emocionado que él se iba a unir al baile de los que sobran, que nadie le iba a echar cuentos chinos.
Comenzó la historia que aún recuerdo. Se había casado cuando tenía dieciocho años; había tomado esa determinación porque ya no aguantaba más las humillaciones y la explotación de que era víctima en su hogar. Era consciente de haber tomado un camino equivocado, pero no resistía más.
Nunca le di problemas a los viejos, nunca los hice levantarse a medianoche para que me abrieran la puerta y nunca le vinieron a poner quejas porque yo hubiera roto el vidrio de alguna ventana, hubiera pateado la puerta. Nunca me di trompadas con nadie... nunca... nunca. Me acuerdo que me decían que yo era el hermano mayor y que por eso tenía que dar el ejemplo. Aprendí bien la importancia y la responsabilidad del hermano mayor, y traté de hacerlo lo mejor posible. Mis padres tenían una venta de víveres. Yo le proponía a mi hermana el juego de “el que más vendiera”. Yo sabía que ellos, y más que todo mi padre, eran perezosos. Pero quería que estuvieran contentos conmigo para que no me pegaran.
Bueno... para terminarles el cuento, yo era el que corregía, yo era el que censuraba y hasta castigaba a mi hermana. Algunas veces se me pasaba la mano. Un día le descompuse la mano y tuve que darle entera una naranja que debíamos compartir. Claro, para que no dijera nada. Bueno... me casé... y, para terminarles el cuento, me casé. Me casé porque ya no aguantaba más. Por esos tiempos, yo tenía como dos meses que había terminado el bachillerato y estaba estudiando abogacía. Bueno... para terminarles el cuento, nació una hija.
Buscando nuevos horizontes, casi dos años después, me trasladé para Rumbilla. Allá empezaron los problemas más serios. La plata no alcanzaba para el sustento diario y la mujer colaboraba poco con la administración de los pocos recursos que ganaba. Además, a ella le interesaba un bledo lo que yo tuviera que hacer para llevar la comida a casa. Lo más duro, pero también lo preferible, era que me lo decía. Entonces sí que se me vino el mundo encima. Imagínate que yo me casé para no aguantar tantos problemas y resulta que el remedio salió peor que la enfermedad. Lo peor del caso era que tenía que seguir aguantando porque ya había nacido una hija y, además, otra criatura como que venía en camino porque mi mujer otra vez parecía una iguana harta de cogollos. Tenía que aguantarme todo eso porque yo pensaba en el futuro de la niña.
Para terminarles el cuento... nació el varoncito. El día que nació, comimos arroz, tajada y agua de panela. Como a las once de la noche mi mujer me dijo que sentía fuertes dolores. Yo lo presentía. Le dije que se levantara y tratara de caminar. Soltó un airecito maloliente por la válvula trasera y caminó con bastante dificultad. Me levanté, desperté a la niña y le puse triple abrigo. Como el hospital quedaba cerca, nos fuimos caminando y dejamos la puerta de la habitación amarrada con una pita. En el hospital me dijo una enfermera que mi mujer debía quedarse porque iba a parir esa noche, y que podía irme y regresar más tarde. Decidí regresar a la pieza con la niña.
A las cinco de la mañana estaba otra vez con mi hija en el hospital. Ya había nacido el niño. Yo tenía cuarenta pesos en el bolsillo. Era todo lo que me acompañaba, pero la libra de arroz costaba ochenta pesos. Con una tímida sonrisa besé a mi mujer y le dije a la niña que también lo hiciera. Regresé rápidamente a la pieza con mi niña y saqué la estufita para que me la empeñaran. Caminé más que un loco nuevo. Nadie la que empeñar porque estaba muy vieja. Por fin, Dios metió la mano y un viejo a quien le conté mi problema, me la empeñó por mil pesos. Regresé al hospital. De inmediato compré lo que se necesitaba y pagué al hospital. Volvimos a la pieza.
Por esos días lavé pañales, herví teteros, bañé a la niña y lavé la ropa de los cuatro. Yo no sé de dónde salió tanta plata para tantos gastos porque los vecinos del inquilinato no eran tan generosos. Nada más me acuerdo de una señora que me sonreía mucho. Y un día... un día me ayudó a lavar pañales.
El problema de la plata seguía agrandándose. Mi mujer cada día tenía menos cuidado con las cosas y se le daba por salir a buscar algo que hacer, pero nunca encontró trabajo. Sin embargo, para terminarles el cuento, por aquellos días comencé a trabajar en una finca cultivando flores. Casi siempre me quedaba trabajando horas extras para ganarme un poquito más, por eso llegaba tarde a la pieza.
Un día que no me quedé trabajando hasta tarde me encontré con la sorpresa de que la pieza estaba cerrada por fuera, con candado nuevo, y que la cortinita de la ventan la habían bajado. Pequé el oído a la puerta y alcancé a oír un llanto casi inaudible. Sospeché que se trataba de la niña. Hablé desde afuera, pero no me contestó. Desesperadamente hice esfuerzos hasta cuando pude violar el candado nuevo y la puerta. En efecto, era la niña. Estaba llorando, pero su llanto era como un cabello, como si la voz se le estuviera acabando. Intenté cargarla y trató de rechazarme. Le hablé desde una distancia prudente. Me miró a los ojos, le sonreí y dejó de llorar. Su rechazo lo asocié con un temor. Levanté la cortinita, abrí bien la puerta, prendí la bombilla y volví a hablarle. Se sintió segura. Comencé a hacerle juegos que me permitieran recobrar la confianza y, por fin, sonrió. ¡Qué alegría sentí!
Después de haber tranquilizado a la niña y de haberle dado comida, me quedé pensando. Cruzó por mi mente una endiablada sarta de pensamientos y de sentimientos inconfesables en contra de mi mujer que, a esas alturas, no se aparecía. ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué no pensó en las consecuencias emotivas y afectivas que iba tener en la niña el hecho de haberla dejado encerrada? ¿No pensó en la niña? Empecé a llenarme de odio y agarré el martillo para darle por la cabeza a mi mujer cuando volviera a asomarse a la pieza. Momentos después, reflexionando, solté el martillo porque pensé que no era lo correcto. Gracias a Dios no se llegó en esos momentos. Lo correcto era esperarla y preguntarle qué había pasado. Llegó después de hora. Asomó a la puerta y frunció el ceño lanzándome cuarenta palabritas. No le respondí. La ira que yo llevaba dentro era enorme, pero tuve que controlarme porque la niña despertó en esos momentos y no quise mostrarle una escena violenta después de la experiencia que había vivido. Me recosté a la cama, me tragué la ira y me entretuve hablando y jugando con la niña. Cuando estuve a punto de dormirme, mi hijo me despertó tratando de cubrirme con una parte de la vieja cobija. Mi mujer tenía el martillo en la mano y me miraba.
Para terminarles el cuento... el cansancio me venció y me quedé dormido.

martes 8 de noviembre de 2011

GUILLOTINEN AL ABUELO

ACTO ÚNICO

Sala de audiencias públicas de un juzgado. Escritorio del juez (con bandera de Colombia Invertida), mesa del secretario, banquillo del acusado. Luces: Inicio, oscuridad; flash posterior al ingreso del juez; cenital al sentarse el juez; cambio a general al ingreso del secretario; colores al momento de deliberar.

Gritos claros y espaciados que vienen del público:
1. ¡Hoy es el juicio!
2. ¡Lo van a matar!
3. ¿Por qué lo van a matar?
4. ¿No se acuerdan que enterró al doctor?
5. ¡Pero si eso no tiene nada de malo!
6. ¡Que lo maten!
7. ¡Nooo! ¿Por quEee?
8. ¡La voluntad de Macondo se respeta!

Juez: (conducido porlazarillo, golpea la mesa) Orden en la sala. Solicito al público presente guardarcompostura.
Secretario, (el secretario entra leyendo Almanaque Bristol) Secretario, tome nota! (toma
la máquina de escribir y se acomoda. Al tratar de escribir descubre que la máquina no tiene papel.) Nos hemos reunido en esta sala, en audiencia pública, con el fin de juzgar al Abuelo, (entra el abuelo conducido, casi a empellones, por un par de guardianes de la penitenciaría) por el delito de “Desacato a la voluntadpopular”, en el proceso 001 de 1909 de éste, Despacho Único Judicial de Macondo. En atención a los preceptos constitucionales y a las normas vigentes, este juzgado llama a las partes. (Entran la Parte Civil y el Fiscal)

Juez: Este juzgado solicita al Sindicado ponerse de pie para la toma del juramento de rigor.
(El secretario se levanta portando elalmanaque Bristol.) Jura usted ante la Constitución Política, y ante el pueblo de Macondo, decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?

Sindicado: (Colocandola mano sobre el libro) ¡Juro!

Fiscal: (dirigiéndoseal juez) Su señoría, puedo hacer uso de la palabra para interrogar al acusado?

Parte Civil: ¡Un momento, un momento! Con todo respeto, su señoría, y con el respeto que se merece el señor fiscal y todos los presentes, considero que la intervención del señor fiscal es improcedente. Todavía el señor juez no ha notificado al sindicado, ni lo ha enterado
de su situación. Es preciso que se dé esta etapa inicialmente.

Juez: No ha lugar su interrogatorio señor fiscal. (dirigiéndose al sindicado) Señor Abuelo, ¿es cierto que usted ignoró la voluntad popular de Macondo, enterrando al Doctor?

Sindicado: Yo enterré al Doctor porque pienso que todo cristiano debe ser sepultado dignamente.
Además, yo tenía un compromiso moral con el Doctor.

Juez: Sabía usted que nuestra constitución contempla La pena de muerte mediante guillotina a quienes desacaten la voluntad popular?

Sindicado: Pero si yo no he hecho nada malo; no he asesinado a nadie. ¿Por qué me van a quitar la vida? Tengo a mi hija Isabel, a mi segunda esposa, Adelaida, a mi nieto... a... los tengo que sostener. Yo no me meto con nadie. ¿Por qué me van a matar? Porque enterré a alguien que estaba muerto?

Fiscal: Solicito de manera respetuosa, una vez más, permiso para interrogar al sindicado, su señoría.

Juez: Ha lugar su interrogatorio, señor fiscal.

Fiscal: Este pueblo ha condenado al Doctor por varias razones. Una de ellas es que nunca vimos salir a Meme del pueblo. Si el Doctor comía hierba es muy probable que haya asesinado a Meme y que la haya digerido por partes, porque lo cierto es que la policía no encontró rastro alguno de ella. Usted está encubriendo esa verdad. Usted sabe, Coronel, que en el ejército toca comer carne de perro, carne de culebra y vegetales cuando no hay otra clase de... comida. ¿No es cierto, Coronel, que el Doctorconsumió carne humana, carne de la india, carne de la muchacha que usted crió, sin ser familia suya? Responda, Coronel, responda!. Usted estaba allí, Coronel. Usted es cómplice y por lo tanto, tan responsable como el Doctor. (Impaciencia de la parte civil)

Sindicado: Pero si el Doctor me dijo que ella se había ido una noche con una maleta y que, además, él le había entregado el último dinero que le había quedado. Yo no creo que el Doctor haya hecho eso.

Fiscal: ¿Usted lo vio, Coronel?
Sindicado: No, yo no lo vi. Pero yo no creo que el Doctor haya hecho eso porque cómo va a hacer uno para comerse a otra persona?

Fiscal (dirigiéndose al juez): El sindicado no demuestra ser inocente del hecho que en este momento se le imputa. (Al sindicado) ¿Sabía el sindicado que el Doctor, si es que se le puede llamar doctor, no era un profesional sino un tegua? ¿Con cuáles principios iba a ejercer la medicina sin tener un título que lo acredite como tal? Usted sabía, Coronel. ¿O no? (Parte civil muestra mucha más impaciencia)

Sindicado: Yo nunca le pregunté por títulos, pero a mí me curó. Y también curó a mucha gente de este pueblo, antes que viniera la compañía bananera.

Fiscal: Y si era médico, por qué no cumplió con el juramento de Hipócrates cuando una tropa de bárbaros irrumpió en Macondo maltratando y asesinando tanta gente?

Sindicado: Yo no sé. Yo creo que el Doctor estaba enfermo. Nunca más salió. El Doctor era una buena persona. Yo no entiendo por qué lo odian tanto, si él no ha hecho más que servirle a este pueblo. A la gente se le olvidan las cosas buenas. Yo sé que él no hizo eso que dicen.

Fiscal: He terminado mi interrogatorio, su señoría.

Juez: Después de haber escuchado al señor fiscal, y las respuestas del sindicado, este despacho autoriza la intervención de la parte civil.

Parte civil: Solicito permiso al señor juez para realizar de inmediato mi interrogatorio.

Juez: ¡Ha lugar!

Parte civil: Así como presenta la historia el señor fiscal...

Fiscal (interrumpe): Yo no he presentado ninguna historia. Mi intención ha sido la de poner en claro los sucesos, demostrar la culpabilidad del Abuelo en el delito de desacato a la voluntad popular.

Juez (golpea la mesa): Este juzgado llama la atención del señor fiscal por no respetar el uso de la palabra de la parte civil. En adelante, es preciso que usted solicite permiso para intervenir. Puede continuar la parte civil.

Parte civil: Agradezco su intervención, señor juez. Decía que los hechos, presentados de esa forma, no son aclarados. Es más, obnubilan más el panorama. Es necesario aclarar todo desde sus propias causas. El señor fiscal ha mostrado y ha atacado los síntomas del problema, pero no ha atacado al problema en sí.
Empecemos por decir que Macondo es un pueblo cuyas características no se encuentran sino en la imaginación de los hombres. Para demostrar esto tengo un par de preguntas:
PRIMERO. ¿En qué latitud, en cuál país o pueblo del mundo condenan a un hombre a no ser sepultado? ¿Qué clase de condena es esa? SEGUNDO. ¿Qué clase de sacerdote es ese que, en lugar de leer la Biblia en las misas, lee el almanaque Bristol? ¿Podrá verse algo más disparatado? Realmente yo no sé qué pensar. He sabido de algunos casos, pero sólo en la literatura, en Antígona, por ejemplo; en Mientras agonizo, de William Faulkner. Pero son casos de la fantasía, no de la realidad. Sin embargo, estamos en Macondo y parece que aquí todo pasa y todo vale. ¿Qué clase de pueblo es éste?
Inicialmente el Doctor... sí, el Doctor, con mayúscula y con tinta roja, aunque le duela a más de uno, porque Doctor sí era; con título o sin él, curó a este pueblo. Después llegó la compañía bananera con sus “doctores”. En ese momento se olvidaron del Doctor. Nunca más solicitaron sus servicios. Naturalmente al Doctor ya no le quedaba con qué comer. A un lado el Doctor, este
pueblo se olvidó por completo del Doctor, pues tenía “doctores extranjeros”. Más adelante, cuando una banda de delincuentes, que hasta ahora no se sabe si fueron pagados por la misma compañía bananera, entró al pueblo asesinando a sus habitantes, entonces fue cuando se volvieron a acordar del Doctor. Claaaaro, lo necesitaban. Antes no.

Fiscal: Solicito permiso a su señoría...

Juez: Respete el uso de la palabra de la parte civil, que no ha terminado.

Parte civil: Señor juez, gracias nuevamente por su intervención. Todo el odio del pueblo, todo el odio del hombre contra el Doctor. Un humano que fue olvidado por la humanidad. Ahora ese odio se le ha endosado a este anciano. ¿Cómo es posible? (dirigiéndose al sindicado) Señor Abuelo, cuando usted fue interrogado por el señor fiscal, habló de un compromiso moral. ¿A cuál compromiso se refiere usted?

Sindicado: Alguna vez traté de pagarle al Doctor por una curación que me hizo en una pierna. Él no me cobró. Me pidió que el día de su muerte yo le echara dos paladas de tierra encima para que los buitres no se lo comieran. El Doctor siempre se portó bien conmigo, por eso lo enterré en contra de la voluntad del pueblo. Yo creo que este pueblo... creo que este pueblo está loco. ¿Cómo van a condenar a alguien a que no sea enterrado?

Parte civil: Ya lo ven señores, ¿qué otro testimonio quieren?. La otra razón que señala el señor fiscal es la desaparición de Meme. Este pueblo no vio el momento cuando Meme partió. El pueblo “supone” que el Doctor la asesinó. ¿Cuáles criterios se han tenido en cuenta para dar por cierto un hecho que apenas se supone? De ninguna manera podemos decir que sea cierto porque no existe un solo indicio. (dirigiéndose al fiscal) Señor fiscal, usted vio y fue consciente del momento en que su madre lo bienparió?

Fiscal (ruborizado, tose, carraspea y responde después de unos instantes): Bueno... no.

Parte civil: Sin embargo, usted no lo pone en duda. (Dirigiéndose a todos) Alguno de nosotros vio el momento cuando Dios hizo al mundo? Sin embargo, no ponemos en duda la existencia de Dios. Por qué poner en duda la versión del Doctor? La policía no encontró una evidencia que comprometiera al Doctor. ¿Qué más quieren? El Doctor nunca tuvo motivos para asesinar a su mujer. Me pregunto si alguien aquí es capaz de asesinar a su mujer y después digerirla “poco a poco” como lo señala el señor fiscal.
Finalmente, solicito al señor juez, con todo el respeto que merece su investidura, se falle en favor del sindicado, ordenando su libertad inmediata e irrevocable, pues, en realidad no ha procedido en contra de la ley de Dios.

Juez: Este juzgado suspende por quince minutos la presente sesión (se escucha un grito de jolgorio entre el público) con el fin de estudiar, deliberar y fallar este proceso.
(Canción Macondo. Todos los personajes bailan).
Juez (golpea la mesa. Los personajes ocupan sus lugares): Secretario, lea el fallo.

Secretario (con gestos de mucha pereza): Este juzgado, atendiendo la constitución política de Macondo, el nuevo código penal y su Ley reglamentaria, y en concordancia con el Decreto 2323,
teniendo en cuenta y considerando:

PRIMERO.
Que el señor fiscal ha demostrado que el sindicado, identificado como el Abuelo, sí desacató la voluntad del pueblo de Macondo.
SEGUNDO.
Que la parte civil no ha demostrado suficientes pruebas ni ha argumentado coherentemente ni con contundencia... no ha dicho nada.
Resuelve:

PRIMERO.

Fíjese el día domingo 13 de mayo, a partir de las 9:00 a.m., en la plaza principal de Macondo, como fecha y lugar para que el abuelo sea guillotinado para escarmiento de las personas que
desacaten la voluntad popular.
SEGUNDO.

Fíjese y desfíjese inmediatamente esta resolución, en espacio invisible al pueblo y cúmplase.
Dado en Macondo a los nueve días del mes de mayo.

domingo 6 de noviembre de 2011

Vea, Hermano…

Cuando salga mataré a dos. Primero mataré a la mamá y después mataré al hijo; dejando una semanita entre los dos. La muerte del hijo estará adornada con torturas. Vea, Hermano, será una muerte especial: lo llevaré a un rancho, le taparé la jeta con algo, le amarraré las manos, lo colgaré patas arriba de un andamio, y lo dejaré en cueros. Después lo dejaré que vea cómo se enrojecen tres clavos en un fogón. Los dos primeros se los meteré por la nariz, y esperaré que se enfríen. El tercero se lo meteré por el trasero y esperaré que se enfríe con la mierda. Vea, hermano, por último, le cortaré las orejas y le regalaré una bala para el corazón. Eso es lo que voy a hacer cuando salga, Hermano.
Mira, loco… ¿sabes lo que haría yo? Yo lo llevaría al rancho con la mamá y le mataría a la vieja delante de él mismo; después lo mataría a él.
Vea, Hermano, no me parece mala idea, pero lo quiero ver sufrir una semanita.
Mira, loco, ¿por qué no cambias el rollo? ¡Búscate un abogado y encánalo!
Vea, Hermano, aquí los abogados sirven para lo que sirven las polillas. Sirven para encerrar a las buenas fichas como usted y como yo. ¿No se da cuenta de lo que nos ha pasado? ¿Por qué? Porque no tenemos plata, Hermano.
Mira, loco, es mejor aguantárselos que arriesgarse a que lo encanen a uno otra vez.
No, hermanito. Cuando se quiera hacer justicia, yo estaré muerto. Y no quiero morirme sin hacer justicia. Además, ya estoy a tres días de salir de esta cana y ahora sí que siento una energía bien potente, Hermano.
Mira, loco, no es necesar…
¡Ay, hermanito! ¡Ay, hermanito! Vea, Hermano, le voy a contar la versión genuina para que se quede jetiabierto. Se la he contado varias veces, pero ahora va con todos los detalles para que entienda mis ansias de matar.
Bueno… habla, loco, habla.
Vea, Hermano, yo estaba acostado en mi camita, en la casa de mi vieja, vieja malparida. Alguien tocó la puerta y mi vieja corrió a abrirla. Reconocí desde mi cuarto la voz de Araujo.
¿Está Lucho?
No, no está… pero déjeme ver si ya lle...
No, no lo llame. No vaya a decir nada.
¿Nada de qué? ¿De qué me está usted hablando, doctor?
De nada. No diga nada. No vaya a decir nada. Hasta luego.
Me levanté de inmediato. Me puse la camiseta china y los tenis. Mi vieja me dijo que Araujo había llegado con un pantalón que tenía algunas manchitas de sangre. Salí para su casa que no estaba lejos. Araujo es ahora mismo el director del hospital regional, pero por aquellos tiempos era estudiante. Tiene mucha fama, pero lo voy a matar. Bueno... cuando llegué, me abrió la puerta Farises, o sea la muchacha que estudiaba enfermería en una academia de garaje donde Araujo era profesor de primeros auxilios. Tenía el vestido con un mapa de sangre desde el obligo hasta el dobladillo. Vi un hilo de sangre que asomaba por debajo de la puerta del primer cuarto. Empujé la puerta con toda mi fuerza. En ese cuarto estaba Araujo con su mujer y su cuñada. Sobre una camilla reposaba el cadáver de una mujer. Estaba completamente desnuda y bañada en sangre desde las tetas hasta los pies. Ahí donde Dios les pone la cédula a las mujeres, ella tenía un amasijo de entrañas. No dije media palabra, Hermano. La mujer de Araujo y Farises se me acercaron para decirme que ellas le habían advertido a Araujo que esa mujer tenía seis meses de embarazo y que era muy peligroso sacarle el muchachito. No dije media palabra, Hermano. Di media vuelta y salí de esa casa dirigiéndome a la policía para hacer la denuncia. La policía llegó tarde. Araujo alcanzó a huir con mujer y chiros, sin dejar huella. La policía me detuvo por sospechoso.
Vea, Hermano, por sospechoso ya cumplí nueve años encanado. Durante estos nueve años, mi viejita me ha traído las notas de la calle, Hermano. Me dijo que la difunta había corrido a abortar porque venía el marido que tenía dos años de estar bien lejos, buscando nuevos horizontes.
Vea, Hermano, lo que no sabe Araujo es que yo era el padre de la criatura que él mató en el vientre.
Mira, loco, ¡cálmate!
Vea, Hermano, no me pida eso.

viernes 10 de julio de 2009

Tu rancho, abuela...

Encierra los pasos dados

Sin medida de tiempo.

Guarda las milenarias huellas

Sin distinguir espacios.

¡Cuántas cumbias encerradas!

Paseaste por la tierra

Saboreando todos los litros de ron

Y los acordes de tu amado.

Los arpegios de tu vida, abuela,

Invaden mi silente monotonía.

Ese rancho que levantaste a golpes

De dolor y de tambor,

Hoy se derrumba sin misterios.

¿Cómo hacer para que invadas

Nuevos espacios?

Pero, ¿qué importa?

Detrás de la ausencia

Otros crecerán.

Las paladas de tierra te caerán

Con toda la fuerza que viviste

Y con todo el dolor que callaste.

Ahora recuerdo tus verdes lunas

Las que atesoraron lo vivido,

Las que han mirado el verde,

Seguirán presentes en la tierra,

Alimentado toda la música teobólica.

Tu rancho, derrumbado,

Seguirá en pie.

Enrique Alegría Dulcamara

viernes 24 de octubre de 2008

Si no despierto...

No le cuenten
a mis eternos despertares.
Rompí veintisiete mares
para conquistar
un grano de sal.
Rompí la selva universal
para cortar
una hojita de esperanza.
Si mañana no les veo…
pido versos de Vallejo,
y que guarden esas gotas.
No las merezco.
Y recuerden:
No le pidan cantar a mi silencio.

Enrique Alegría Dulcamara